IV. Los nuevos proyectos de orden sociopolítico
La cultura tecnológica contemporánea produjo algo más que nuevas industrias. En torno de ella aparecieron autores que empezaron a pensar explícitamente la organización política desde categorías nacidas en la empresa tecnológica: innovación, fundación, escalabilidad, competencia entre sistemas, redes y plataformas. Sus posiciones no forman una doctrina única. Peter Thiel, Curtis Yarvin, Balaji Srinivasan y Marc Andreessen discrepan acerca del mercado, el Estado, la soberanía y la democracia. Lo que los vuelve comparables es que todos atribuyen a la capacidad tecnológica un lugar decisivo en la reorganización del poder.
En algunos casos la tecnología aparece como vía de salida respecto de instituciones existentes; en otros, como modelo para rediseñarlas; en otros, como fundamento de una nueva alianza entre empresas y Estado. Reducirlos a una ideología homogénea de Silicon Valley impediría comprender precisamente qué alternativas están en disputa dentro del propio campo tecnológico.
10. Peter Thiel: libertad, tecnología y acción excepcional
Explorar los principales momentos
Peter Thiel ocupa una posición singular dentro de este mapa. Es empresario e inversor, pero sus textos políticos y filosóficos no pueden reducirse a una defensa convencional del mercado. Su pensamiento combina libertarianismo, una lectura muy personal de la tradición occidental, la teoría mimética de René Girard, referencias a Leo Strauss y Carl Schmitt, una crítica persistente del estancamiento tecnológico y una concepción cristiana de la historia. Desde 2007 hasta sus intervenciones recientes cambia el modo en que piensa la política, aunque mantiene algunos problemas centrales.
Uno de ellos es la dificultad de producir una acción nueva dentro de órdenes dominados por imitación, burocracia, procedimiento y consenso. Thiel sospecha de sistemas en los que ningún actor puede decidir con claridad y nadie puede apartarse de una competencia generalizada. De allí provienen figuras que reaparecen en distintos planos: el pensador contracorriente frente al consenso (contrarian), el fundador frente a la burocracia (founder), el monopolio creativo frente a la competencia mimética, la salida (exit) frente a la política territorial y la tecnología frente a límites considerados naturales.
10.1. The Straussian Moment (2007): una antropología para después del 11 de septiembre
El punto de partida de The Straussian Moment, publicado en 2007, es el 11 de septiembre de 2001. Thiel presenta los atentados como una conmoción intelectual además de política. El orden liberal moderno se había acostumbrado a imaginar individuos que buscan seguridad, prosperidad y satisfacción de preferencias. Un actor dispuesto a sacrificar su propia vida por una causa religiosa y política parecía mostrar que esa antropología era insuficiente.
Thiel reconstruye la modernidad como una larga estrategia de neutralización. Las guerras religiosas europeas habían mostrado el peligro de una sociedad organizada alrededor de desacuerdos absolutos sobre la verdad, la virtud o la salvación. Una respuesta moderna consistió en reducir el alcance público de esas preguntas y construir un orden en el que personas profundamente distintas pudieran convivir sin resolverlas. El comercio, la propiedad y el derecho ofrecían formas de coordinación menos exigentes que una doctrina compartida acerca de la vida buena.
John Locke encarna para Thiel ese compromiso: Locke habría colocado una especie de incógnita allí donde la tradición clásica pretendía conocer una naturaleza humana y sus fines. Si no podemos conocer plenamente qué es ese ser humano, tampoco podemos atribuirnos con facilidad la autoridad para decidir qué debe creer o desear. El agnosticismo acerca de los fines últimos se transforma así en una defensa de libertades de religión, expresión, propiedad y comercio. En el texto de Thiel, la imposibilidad de conocer la sustancia de ese “X” humano proporciona una base para limitar la pretensión de gobernar la vida de otros.
Este arreglo tiene una virtud evidente: permite que personas con concepciones incompatibles de la verdad cooperen sin destruirse. Pero también tiene un costo: si las preguntas acerca de la religión, la gloria, la virtud, el sacrificio o el sentido se vuelven políticamente incómodas, el orden liberal puede terminar comportándose como si esas motivaciones hubieran desaparecido. Para Thiel, el 11 de septiembre mostró justamente lo contrario. Los seres humanos pueden actuar por motivos que no se dejan traducir a una utilidad material.
Carl Schmitt ofrece entonces la corrección más radical. Si las comunidades permanecen divididas por cuestiones últimas, la política no puede ser eliminada mediante el comercio o la administración. La distinción entre amigo y enemigo reaparece cuando un conflicto adquiere la intensidad suficiente. Desde esa perspectiva, declarar unilateralmente que uno ha superado la política no hace desaparecer al enemigo; puede simplemente volver a una sociedad incapaz de reconocer una amenaza.
Sin embargo, Thiel no adopta sin más a Schmitt. La recuperación de una política absoluta contiene un peligro: enfrentarse a un enemigo en sus propios términos puede llevar a imitarlo. Una sociedad liberal que intentara derrotar a un adversario totalitario mediante una movilización igualmente totalitaria podría destruir aquello que pretendía defender. El problema ya empieza a tomar una forma girardiana: los antagonistas que se enfrentan tienden a parecerse cada vez más.
Leo Strauss representa un intento de recuperar las preguntas clásicas sin abandonar por completo la moderación moderna. Thiel se interesa especialmente por la idea de que algunas verdades acerca de la ciudad y de la naturaleza humana pueden ser difíciles de incorporar de manera directa a la vida política. La escritura esotérica straussiana expresa esa diferencia entre la investigación filosófica y aquello que una comunidad puede sostener públicamente.
A esto agrega una crítica institucional: el sistema estadounidense de contrapesos limita la capacidad de una persona para actuar de manera decisiva. Los fundadores de Estados Unidos tuvieron una libertad histórica que los políticos posteriores ya no poseen. En esta observación aparece tempranamente una fascinación por el momento fundacional: el instante excepcional en el que todavía es posible definir reglas antes de que las reglas limiten a quienes vienen después.
La parte final del ensayo se desplaza hacia René Girard. Allí Thiel encuentra una antropología que considera más profunda. El deseo humano no nace de individuos aislados que saben autónomamente qué quieren. Es mimético: aprendemos a desear mirando a otros. La imitación es constitutiva de la cultura, desde el lenguaje hasta el aprendizaje, pero posee una consecuencia conflictiva. Si dos personas imitan el deseo de un mismo objeto, se vuelven rivales. A medida que la rivalidad aumenta, el objeto puede perder importancia y el adversario convertirse en la obsesión principal.
Esta tesis modifica la relación de Thiel con el individualismo. Políticamente valora fuertemente la singularidad y la iniciativa individual, pero antropológicamente no parte de individuos autosuficientes. Para Girard, y para el Thiel que adopta su esquema, nadie forma sus deseos por completo fuera de la mirada de los otros. El problema consiste precisamente en cómo puede aparecer una diferencia real dentro de un mundo organizado por la imitación.
Girard extiende la mimesis hacia una teoría de la violencia. Las rivalidades pueden propagarse hasta producir una crisis en la que la comunidad encuentra una salida concentrando la hostilidad sobre una víctima. El mecanismo del chivo expiatorio restablece temporalmente el orden mediante una violencia colectiva que luego es ocultada o sacralizada. Mito, sacrificio y autoridad se apoyan así en una violencia fundadora que la propia comunidad deja de reconocer como arbitraria.
El cristianismo ocupa en esta lectura una posición decisiva porque revela la inocencia de la víctima. Al hacerlo, debilita el viejo mecanismo sacrificial. Esa revelación tiene una potencia ética, pero también vuelve más difícil contener la violencia mediante los medios arcaicos. La humanidad conoce cada vez mejor la lógica del sacrificio y, al mismo tiempo, dispone de tecnologías capaces de amplificar sus conflictos hasta escalas antes inimaginables.
El final de The Straussian Moment no desemboca en una restauración de Schmitt ni en una simple aceptación de la Ilustración. Thiel imagina la responsabilidad de un estadista cristiano que debe decidir dentro de un mundo peligroso sin volver a la violencia sagrada. En los casos límites, sostiene que debería inclinarse por la paz. Este dato importa porque muestra que su apropiación de Schmitt está mediada por una preocupación girardiana y cristiana: la intensidad política puede ser real sin convertirse por eso en un ideal.
10.2. The Education of a Libertarian (2009): de la persuasión política a la salida
Dos años después, The Education of a Libertarian formula la ruptura política más conocida de Thiel. Allí escribe que ya no considera compatibles libertad y democracia. La frase es contundente, pero conviene reconstruir el razonamiento que la rodea. Thiel parte de una experiencia de fracaso: el libertarianismo habría dedicado demasiada energía a persuadir al electorado y a participar en una política de masas que, a su juicio, no se orientaba hacia una reducción del poder estatal ni hacia la expansión del capitalismo.
La libertad que Thiel privilegia es fuertemente negativa: capacidad de actuar sin quedar sometido a decisiones colectivas que uno no ha elegido. Desde esa perspectiva, la democracia contiene una tensión constitutiva porque una mayoría puede producir normas vinculantes para personas que no las comparten. Su conclusión estratégica es que quizá el problema no deba resolverse convenciendo a la mayoría, sino construyendo espacios en los que esa mayoría tenga menos capacidad de intervención.
La palabra clave es "salida" (exit). El texto identifica tres “fronteras tecnológicas” capaces de abrir nuevos espacios de libertad: el ciberespacio, el espacio exterior y la colonización marítima (seasteading). Las tres comparten una misma estructura. Ya no quedan territorios terrestres verdaderamente libres de soberanía; por eso una nueva libertad requiere, según Thiel, producir técnicamente un exterior.
El ciberespacio era la opción más inmediata. Thiel describe la visión original de PayPal como la creación de una moneda mundial libre del control y de la devaluación gubernamental. Internet permitiría además crear comunidades que no coincidieran con las fronteras de los Estados nacionales. Un empresario que funda una empresa digital podría, en esa formulación, crear un “nuevo mundo”: no sólo vender un servicio, sino establecer un ámbito de interacción con reglas propias.
Thiel reconoce al mismo tiempo el límite de esa salida. El ciberespacio puede producir mundos virtuales, pero las personas siguen teniendo cuerpos ubicados en territorios sometidos a jurisdicciones. Por eso aparecen el océano y el espacio exterior. El seasteading buscaría construir comunidades permanentes o semipermanentes en el mar; la colonización espacial abriría una frontera todavía más radical, aunque técnicamente mucho más distante.
El texto no es determinista: Thiel advierte explícitamente contra la idea de que la tecnología tenga una voluntad propia o que garantice por sí misma un futuro más libre. Utiliza otra imagen: una carrera entre política y tecnología. La tecnología puede abrir posibilidades, pero alguien debe construirlas. En ese punto reaparece la acción excepcional: el destino del mundo podría depender, escribe, del esfuerzo de una sola persona capaz de crear una “maquinaria de libertad”.
La transformación conceptual es profunda. En la tradición republicana y democrática, el desacuerdo obliga a disputar las reglas de un mundo que permanece compartido. La estrategia del exit transforma el problema en la posibilidad de producir jurisdicciones o espacios alternativos. La tecnología deja de ser únicamente un instrumento usado dentro de la política y empieza a ser concebida como un medio para modificar el terreno en el que la política tiene lugar.
10.3. Zero to One (2014): competencia, monopolio y fundador
Zero to One, publicado en 2014, está presentado como un libro sobre startups. Sin embargo, contiene una filosofía social coherente con los textos anteriores. Su distinción inicial separa dos formas de progreso. Ir de 1 a n significa reproducir algo que ya existe; ir de 0 a 1 significa crear una novedad real. Thiel llama tecnología a esta segunda capacidad: introducir en el mundo algo que no estaba previamente disponible.
La originalidad adquiere un valor casi moral. Las “mejores prácticas” enseñan a repetir soluciones conocidas, mientras el progreso vertical exige apartarse de convenciones. De allí proviene el elogio del contrarian: quien puede sostener una verdad que todavía no es compartida posee una ventaja porque no se limita a imitar el consenso.
La crítica de la competencia desarrolla directamente la antropología girardiana. Para Thiel, competir obliga a mirar de manera obsesiva al rival. Dos empresas que intentan superarse pueden terminar copiándose, luchando por los mismos mercados y perdiendo de vista otros problemas que nadie está resolviendo.
Por eso la empresa verdaderamente innovadora no debería limitarse a ganar una carrera ya definida. Debe crear un espacio propio. De allí surge la defensa del “monopolio creativo” (creative monopoly). Thiel distingue el monopolio basado en bloquear artificialmente un mercado del que resulta de haber creado algo radicalmente nuevo. Este último proporciona beneficios extraordinarios, pero también tiempo y recursos para planificar, investigar e innovar sin quedar sometido a una guerra permanente de precios.
El esquema reproduce en la economía una intuición semejante a la salida política. Frente a la competencia mimética, crear un mercado nuevo; frente a la presión de las mayorías, producir un espacio nuevo. En ambos casos, la autonomía aparece cuando un actor deja de depender de una comparación constante con otros.
Otro concepto importante es la diferencia entre un futuro definido y uno indefinido. Una sociedad con una idea definida del futuro cree que puede imaginar un objetivo concreto y elaborar un plan para realizarlo. Una sociedad de optimismo indefinido confía en que las cosas mejorarán sin poder decir exactamente qué debe construirse. Diversifica inversiones, reduce riesgos y espera que el sistema produzca resultados. Thiel considera que Estados Unidos perdió progresivamente la capacidad de formular grandes proyectos definidos.
La startup representa para él uno de los pocos lugares donde todavía puede ejercerse ese dominio deliberado sobre un fragmento del futuro. Un grupo pequeño puede tener una visión precisa, seleccionar a sus miembros y organizar recursos durante años para producirla.
La figura central es el fundador (founder). Toda organización tiene un momento inicial en el que sus reglas, su cultura y su estructura todavía son maleables (recordemos la comparación con una fundación política: los fundadores de Estados Unidos dispusieron de una libertad de acción imposible para dirigentes posteriores).
El penúltimo capítulo lleva esta idea al extremo al observar que a menudo las empresas tecnológicas se asemejan en ciertos aspectos a “monarquías feudales”: un fundador singular conserva autoridad suficiente para decidir con rapidez y sostener una visión de largo plazo. La comparación no equivale a una propuesta de convertir el Estado en una empresa. Thiel sigue hablando de organizaciones privadas. Lo relevante es su valoración de una autoridad clara cuando permite mantener una dirección y evitar la dispersión burocrática.
También los “secretos” ocupan un lugar importante. Una verdad valiosa no tiene por qué ser aquello que todos saben; puede ser una posibilidad que el consenso todavía no ve. Esta epistemología de la diferencia se conecta con Strauss y con el contrarianismo: el conocimiento relevante puede estar desigualmente distribuido, y la novedad depende de que alguien actúe antes de que la mayoría la reconozca.
Así, Zero to One organiza varias intuiciones en una secuencia coherente: la competencia produce imitación; el consenso puede producir conformismo; la burocracia dispersa la responsabilidad; la planificación indefinida debilita la capacidad de construir; el fundador concentra visión; el monopolio creativo ofrece autonomía; la tecnología permite introducir diferencias reales en el mundo.
10.4. “Against Edenism” (2015): crecimiento, naturaleza y trascendencia
En “Against Edenism” (contra el edenismo), publicado en 2015, Thiel formula una crítica de la nostalgia por la naturaleza. “Edenismo” designa la expectativa de que existió o podría recuperarse un equilibrio natural anterior a la intervención tecnológica. Para Thiel, una civilización de miles de millones de personas no puede sostenerse mediante un regreso a condiciones preindustriales. La alternativa real no es "tecnología o naturaleza", sino diferentes trayectorias tecnológicas.
La naturaleza tampoco funciona en el ensayo como una fuente automática de normas. Incluye escasez, enfermedad, accidente y muerte. Que un límite sea natural no demuestra que deba ser aceptado. Esta posición acerca a Thiel al transhumanismo: el envejecimiento o la mortalidad pueden ser tratados como problemas que una civilización tiene derecho a intentar transformar.
El argumento adquiere una dimensión económica y política. Thiel define la tecnología como la capacidad de hacer más con menos. Sin progreso tecnológico, sostiene, una sociedad puede entrar en una situación de suma cero: toda ganancia exige una pérdida equivalente. En ese contexto, el capitalismo pierde dinamismo y la democracia representativa encuentra más difícil producir compromisos en los que distintos sectores puedan obtener beneficios.
La secuencia es importante. El crecimiento cumple una función de pacificación: amplía el conjunto de posibilidades y reduce la necesidad de disputar una cantidad fija de recursos. De allí que el estancamiento tecnológico sea para Thiel un problema político además de económico.
El ensayo agrega un fundamento religioso poco habitual en el discurso tecnológico. Thiel contrapone el pesimismo contemporáneo con un “optimismo judeo-occidental” que imagina la historia como un desplazamiento desde el caos hacia el orden. La ciencia y la tecnología serían aliadas naturales de esa orientación.
La derrota de la muerte ocupa un lugar extremo dentro de esa perspectiva. La aspiración a la inmortalidad no aparece sólo como fantasía secular de dominio, sino como compatible con una tradición religiosa que espera una superación final del caos y de la muerte. El resultado es un transhumanismo peculiar: la voluntad de transformar límites naturales se articula con una teología de la historia.
10.5. De la salida al problema del poder mundial: el Thiel reciente
Las intervenciones recientes de Thiel sobre el Anticristo y el Armagedón introducen una modificación importante. La tecnología sigue siendo condición del progreso, pero su peligrosidad ocupa ahora el centro de la escena. Armas nucleares, biotecnología e inteligencia artificial militar amplían la capacidad humana de destrucción. Una antropología mimética combinada con tecnologías cada vez más poderosas produce un riesgo que Thiel interpreta mediante el lenguaje apocalíptico de Girard.
Armagedón representa el primer extremo: la posibilidad de que el desarrollo técnico multiplique conflictos humanos hasta una catástrofe. Thiel no concluye por ello que deba detenerse toda innovación. Sugiere incluso que parte del estancamiento occidental puede haber estado relacionado con un temor, consciente o no, frente a tecnologías cuyo poder se volvió inquietante. Pero admite mucho más claramente que la aceleración tecnológica no es inocua.
El segundo extremo es el Anticristo. En su traducción político-secular, Thiel imagina un sistema mundial que promete impedir la catástrofe mediante una concentración sin precedentes de regulación, vigilancia y autoridad. La reacción al riesgo existencial podría producir un gobierno global capaz de controlar tecnologías peligrosas, pero también de eliminar todo exterior desde el cual resistirlo (imposibilitando el exit).
Este temor recupera una preocupación ya presente, aunque de otra forma, en The Straussian Moment. Allí aparecía la crítica schmittiana a una unidad mundial administrada técnicamente bajo la promesa de paz y seguridad. En sus intervenciones recientes la cuestión se vuelve más concreta: la misma capacidad técnica que amenaza con producir un Armagedón puede justificar una infraestructura planetaria de control.
Thiel recupera entonces la figura teológico-política del katechon, aquello que contiene o retiene. No lo concibe simplemente como una fuerza reaccionaria que inmoviliza la historia. Puede ser modernizador e incluso, en su formulación, acelerador. Su función es impedir que el proceso desemboque en alguno de los dos extremos: ni catástrofe tecnológica ni soberanía mundial irreversible.
La consecuencia política es significativa. El exit de 2009 buscaba reducir la exposición a la democracia territorial mediante nuevos espacios tecnológicos. En la formulación reciente, la pluralidad de Estados y centros de poder puede adquirir un valor positivo porque impide que una sola autoridad cierre todas las posibilidades de salida. El Estado nacional deja de aparecer únicamente como una restricción y puede convertirse en un contrapeso frente a una concentración supranacional mayor.
Este desplazamiento no convierte a Thiel en un teórico convencional del Estado-nación. Permanece su desconfianza hacia burocracias, regulaciones y política de masas. Lo que cambia es la interpretación de las consecuencias del peligro. La amenaza principal ya no es sólo quedar atrapado en una jurisdicción que limita la libertad, sino que desaparezca toda pluralidad de jurisdicciones.
Visto en conjunto, el recorrido iniciado en 2007 y prolongado hasta sus intervenciones recientes posee una continuidad reconocible. Thiel parte de una antropología en la que los seres humanos son miméticos, conflictivos y capaces de sacrificio; desconfía de instituciones que neutralizan preguntas fundamentales pero también de una política absoluta que reproduce al enemigo; busca espacios para la acción excepcional; confía en los fundadores y en la tecnología para crear una novedad; y termina preocupado por el modo de preservar la innovación sin producir una autodestrucción o un poder sin exterior.
11. Curtis Yarvin: de la soberanía privada a la toma del Estado
Explorar los principales momentos
Curtis Yarvin (cuyo seudónimo es Mencius Moldbug) desarrolló una teoría política mucho más explícita que la de Thiel. Su obra temprana parte de una crítica de la democracia representativa y propone sustituir la soberanía popular por estructuras de propiedad y mando claramente definidas. La empresa no funciona aquí sólo como metáfora de eficiencia: se vuelve un modelo para pensar la autoridad política.
Yarvin quedó asociado con la neorreacción o NRx, un espacio intelectual heterogéneo que combinó crítica de la democracia liberal, libertarianismo, autoritarismo, teorías de élites y cultura de Internet. Su propia trayectoria, sin embargo, cambia de manera importante. Entre 2007 y 2008 imagina principalmente una multiplicación de pequeñas soberanías privadas. Desde 2022, su atención se desplaza hacia la conquista y transformación del Estado estadounidense existente.
11.1. “A Formalist Manifesto” (2007): hacer coincidir poder y autoridad
El “formalismo” de Yarvin comienza por una regla aparentemente descriptiva: antes de discutir quién debería tener poder, conviene determinar quién lo posee efectivamente. En A Formalist Manifesto sostiene que gran parte de la inestabilidad política proviene de una distancia entre el control real y la autoridad formal. El lenguaje jurídico atribuye soberanía a ciertos actores, mientras decisiones efectivas son producidas por otros.
La democracia estadounidense le parece un ejemplo de esa discordancia. El presidente es presentado como jefe del poder ejecutivo, pero no controla de manera unitaria la administración. Tribunales, funcionarios, medios, universidades y organizaciones diversas intervienen sobre la formación de decisiones. Yarvin interpreta esa dispersión no como un sistema de contrapesos, sino como una anomalía de la cadena de responsabilidad.
Su solución consiste en “reformalizar” el poder: hacer coincidir propiedad, control y autoridad jurídica. La analogía empresarial aparece de manera manifiesta. Estados Unidos es descrito como una gran corporación con activos inmensos y objetivos poco definidos. Un propietario privado sabe, al menos en principio, qué posee y quién puede decidir sobre ese bien; el Estado democrático, en cambio, oculta bajo símbolos de soberanía popular una distribución de poder mucho menos clara.
La diferencia con el libertarianismo clásico es reveladora. Un libertario puede denunciar al Estado como usurpador que viola derechos naturales de propiedad. Yarvin evita esa discusión normativa. Si el Estado controla efectivamente un territorio y puede exigir pagos a quienes viven allí, considera que ese control constituye un hecho de propiedad política que debería ser formalizado. Su preocupación principal no es reconstruir un título justo originario, sino eliminar la ambigüedad entre quien manda de hecho y quien figura como titular.
La soberanía popular pierde así su estatuto normativo. Distribuir una acción a cada ciudadano sólo porque todos son ciudadanos le parece una ficción acerca de la estructura real del poder. El formalismo aspira a convertir relaciones informales en títulos explícitos, de modo que la autoridad pueda ser atribuida y evaluada con claridad.
Yarvin considera que una autoridad bien definida puede ofrecer mejores servicios incluso sin ser democráticamente controlada. Sus ejemplos tempranos de ciudades-Estado buscan mostrar que la relación entre gobierno y residentes puede parecerse a la de una empresa con sus clientes: seguridad, infraestructura y orden pueden funcionar como prestaciones cuya calidad no depende necesariamente del voto.
El problema institucional cambia entonces de naturaleza. El constitucionalismo liberal distribuye poder para impedir que una autoridad pueda disponer unilateralmente de la comunidad. Yarvin interpreta esa misma distribución como una fuente de irresponsabilidad: si varios actores pueden bloquearse mutuamente, resulta difícil saber quién responde por el resultado. Su formalismo privilegia la atribución clara de mando por encima del contrapeso.
11.2. Patchwork (2008): “todo salida, nada de voz”
En Patchwork: A Political System for the 21st Century (2008), Yarvin convierte esa intuición en un diseño institucional. Imagina un mundo formado por decenas de miles de pequeñas unidades soberanas, cada una administrada por una sociedad por acciones. Los Estados territoriales grandes serían reemplazados por una red global de jurisdicciones políticamente independientes.
Cada unidad tendría propietarios (proprietors) que poseerían acciones sobre el territorio. Esos propietarios designarían una autoridad ejecutiva, el Delegate, con facultades soberanas amplias. El esquema separa dos funciones: los accionistas poseen y pueden reemplazar a la dirección; el ejecutivo gobierna. Los residentes, en cambio, no son accionistas por el simple hecho de vivir allí.
La relación política se transforma en una relación cercana a la del cliente con un proveedor. Una jurisdicción bien administrada debería proporcionar seguridad, servicios e infraestructura porque el valor de sus propiedades y su capacidad para atraer residentes dependerían de ello. El incentivo económico pretende sustituir al control democrático.
Yarvin resume el principio con una fórmula extrema: “all exit, no voice”, todo salida (exit), nada de voz (voice). Si una persona no acepta las reglas de una jurisdicción, puede trasladarse a otra. La competencia ya no ocurre principalmente entre partidos dentro de un mismo Estado, sino entre Estados-empresa que buscan residentes y capital.
La ciudadanía cambia de significado. En el republicanismo democrático, ser ciudadano implica una condición de coautoridad: incluso cuando una persona pierde una elección, conserva el derecho a disputar las reglas, organizar una oposición, participar y reclamar ante instituciones que reconoce como comunes. En Patchwork, la pertenencia se acerca a un contrato de residencia. El desacuerdo encuentra su respuesta institucional privilegiada en la posibilidad de cambiar de proveedor político.
La concentración interna de autoridad es compensada, en el diseño de Yarvin, por la multiplicidad externa de jurisdicciones. No busca un Estado mundial único. Prefiere unidades pequeñas, distintas y competitivas. La soberanía puede ser absoluta dentro de cada unidad siempre que ninguna unidad posea un monopolio territorial global.
La tecnología cumple un papel constituyente. Yarvin imagina que mecanismos criptográficos podrían ayudar a garantizar la cadena de mando entre los propietarios y el ejecutivo, por ejemplo mediante claves que permitieran reemplazar al gobernante si deja de actuar conforme al interés de los propietarios. La criptografía deja de ser sólo una protección de comunicaciones privadas y se convierte en una posible arquitectura de gobierno.
El nombre que suele asociarse con este modelo es neocameralismo. Retoma el viejo cameralismo estatal europeo, pero lo reorganiza mediante la empresa moderna: soberanía territorial administrada como un activo cuyo valor debe ser maximizado. La autoridad política se deriva de la propiedad y no de la igualdad ciudadana.
11.3. La “Catedral”: poder distribuido y autoridad sin responsable
En los textos de Unqualified Reservations, Yarvin agregó otra pieza a su diagnóstico: la “Catedral” (Cathedral). El término nombra una convergencia informal entre universidades, medios, burocracias, organizaciones culturales y élites profesionales que, según él, producen un conjunto relativamente coherente de valores progresistas sin obedecer a un mando único.
La importancia del concepto está en que extiende la crítica formalista. El poder puede ser muy fuerte y, al mismo tiempo, difícil de atribuir porque surge de instituciones que se refuerzan mutuamente. Universidades legitiman los conocimientos y los títulos; los medios amplifican ciertos marcos; las burocracias los convierten en reglas; las organizaciones profesionales estabilizan ciertos criterios. Nadie necesita enviar una orden central para que aparezca una dirección común.
Yarvin interpreta esta forma de poder como especialmente resistente porque carece de un soberano visible al que pueda exigirse responsabilidad. El problema ya no es sólo que el presidente tenga poco control sobre la administración; es que la producción de legitimidad y conocimiento estaría distribuida por una red institucional que no reconoce su propia condición gubernamental.
Esta teoría se articula con una preferencia creciente de Yarvin por una autoridad ejecutiva concentrada. Si el adversario es una red de instituciones capaz de reproducirse sin centro, una simple victoria electoral no basta para modificar el régimen. Hace falta, en su concepción, una organización que pueda reemplazar la estructura completa de autoridad.
11.4. 2022-2025: del archipiélago de soberanías al “reboot” del Estado
The Butterfly Revolution (2022) marca una transformación importante. La imaginación de Patchwork partía de crear pequeñas soberanías alternativas. En 2022, Yarvin se concentra en Estados Unidos y en la posibilidad de transformar el gobierno existente después de una victoria electoral. La salida cede terreno a una estrategia de toma del poder.
La metáfora de la mariposa describe una organización preparada de antemano, todavía privada y exterior al Estado, que funcionaría como una estructura de gobierno en espera. Una vez obtenida la presidencia, esa “larva” podría convertirse rápidamente en autoridad efectiva. Yarvin compara el nivel de poder requerido con el de autoridades de ocupación capaces de refundar institucionalmente un país.
El presidente no tendría que administrar personalmente cada asunto. Yarvin imagina una separación entre una figura presidencial semejante al presidente de un directorio y un director ejecutivo que controle la administración. El objetivo es convertir el cargo formal en poder real, subordinando burocracias y eliminando la distancia que el formalismo había denunciado desde 2007.
En A Conversation About Monarchy (2024), la propuesta se vuelve aún más explícita. Yarvin sostiene que un verdadero ejecutivo unitario debería disponer de supremacía efectiva sobre los poderes legislativo y judicial, reducidos en su esquema a funciones ceremoniales o consultivas. El lenguaje de la monarquía no es sólo provocación: expresa la idea de que la soberanía, para ser real, debe ser indivisa.
Esta posición invierte el sentido del constitucionalismo republicano. La división de poderes fue concebida como una tecnología institucional para impedir la dominación y obligar a negociar entre autoridades. Yarvin la interpreta como una estructura inestable que impide decidir y oculta dónde reside realmente el mando. La república limitada no constituye, para él, una solución intermedia estable entre soberanía y anarquía.
En The Situation and the Solution (2025), el problema se desplaza de la figura del gobernante hacia la organización capaz de producir poder. Yarvin propone un “partido duro” (hard party): una organización centralizada cuyos miembros delegan su energía política en la dirección. No se trata de un partido electoral convencional, organizado alrededor de candidatos relativamente autónomos, sino de una maquinaria disciplinada que aspira a conquistar el Estado y convertirse en el núcleo del nuevo régimen.
La actualización tecnológica es notable. Para Yarvin, un partido del siglo XXI debe ser diseñado como una plataforma. El votante se convierte en un usuario: instala una aplicación, recibe instrucciones, coordina acciones y demuestra pertenencia. La infraestructura digital permite reemplazar parte de la organización territorial de masas del siglo XX por una capacidad de notificación, seguimiento y disciplina incorporada al teléfono.
La participación pierde deliberadamente su dimensión deliberativa. El miembro toma una decisión principal al ingresar en la organización y, a partir de allí, la ejecución electoral puede reducirse a seguir instrucciones. La opinión individual sobre cada candidato o tema aparece como un ruido que debilita la fuerza colectiva.
Entre 2008 y 2025 se produce, por tanto, un giro considerable. Patchwork dispersaba soberanía entre muchas pequeñas unidades y confiaba en la salida para disciplinarlas. El Yarvin reciente intenta concentrar poder dentro de un Estado grande para desmantelar y reemplazar un régimen que considera gobernado por una red administrativa e intelectual. La continuidad está en la misma preferencia por una autoridad claramente identificada, unitaria y responsable ante una estructura de propiedad u organización, no ante un demos plural que conserva derecho permanente a disputar el mando.
12. Balaji Srinivasan: construir un Estado desde Internet
Explorar los principales momentos
Balaji Srinivasan retoma la lógica de la salida pero le da una forma distinta. Su proyecto no comienza con la privatización de un Estado existente ni con la concentración ejecutiva de Yarvin. Comienza con una comunidad digital. La pregunta es cómo una red de personas inicialmente dispersas puede adquirir capacidad económica, territorio y finalmente reconocimiento soberano.
Srinivasan proviene del ecosistema de startups, criptomonedas y capital de riesgo. Esa experiencia determina su vocabulario. Una comunidad política puede tener una fase inicial, encontrar adhesión, reunir capital, medir crecimiento, adquirir activos y escalar de manera semejante a una empresa emergente. La soberanía deja de ser sólo una herencia histórica y puede concebirse como el resultado de un proceso de construcción.
12.1. The Network State (2022): primero la nube, al final la tierra
En The Network State (2022), Srinivasan sistematiza esta intuición mediante la fórmula “cloud first, land last” (primero la nube, al final la tierra). El Estado moderno suele imaginarse desde un territorio: una frontera delimita un espacio, dentro de él vive una población y sobre esa población se organiza un gobierno. Srinivasan invierte esa secuencia: primero se forma una comunidad online; después esa comunidad construye capacidades colectivas, reúne recursos, adquiere territorios y busca reconocimiento.
El punto de partida es la sociedad startup (startup society): una comunidad digital con una aspiración política o moral. Cualquiera podría intentar fundarla, del mismo modo que cualquiera puede intentar crear una empresa. La legitimidad del fundador proviene, en este esquema, de la decisión de otras personas de seguirlo. No existe un derecho heredado al mando; existe adhesión voluntaria.
Srinivasan insiste en que una sociedad startup necesita una “innovación moral”. Recomienda comenzar con un mandamiento (one commandment): una idea específica en la que la comunidad considera que la sociedad existente se equivoca y alrededor de la cual puede construir una forma alternativa de vida. El fundador se convierte así en un “emprendedor moral” que no presenta a inversores un producto mejor, sino a futuros ciudadanos una vida que considera mejor.
Una comunidad en línea, sin embargo, todavía carece de capacidad para actuar. El siguiente paso es la unión en red (network union), una organización capaz de coordinar a sus miembros para realizar acciones colectivas: financiar proyectos, contratar servicios, organizar trabajo, negociar o comprar bienes conjuntamente. La red adquiere músculo institucional.
A medida que aumenta la confianza, la comunidad puede construir una economía interna mediante criptomonedas y organizar encuentros físicos. Más adelante puede financiar departamentos, casas, barrios o pequeñas localidades en distintos lugares. Esos nodos físicos conectados digitalmente forman un archipiélago en red (network archipelago). El territorio deja de necesitar una continuidad geográfica.
Esta discontinuidad espacial es una de las innovaciones conceptuales más "interesantes". Un Estado en red (network state) podría estar formado por propiedades dispersas en distintas ciudades y países cuyos habitantes se reconocen como miembros de una misma comunidad digital. La capital sería virtual. El principio de unidad no provendría de una frontera continua sino de la red.
Finalmente, la comunidad realizaría un censo verificable en cadena (on-chain census) que registre población, ingresos y superficie inmobiliaria. Si alcanza escala suficiente, buscaría reconocimiento diplomático de Estados ya existentes. Sólo en ese momento se convertiría, estrictamente, en un Estado en red (network state).
12.2. Alineamiento, fundador y comunidad política
La definición de Srinivasan contiene un término decisivo: el Estado en red es una comunidad “altamente alineada”. El Estado territorial tradicional reúne a millones de personas que pueden discrepar radicalmente sobre religión, economía, moral y futuro. La democracia moderna desarrolla instituciones para procesar esa convivencia entre desconocidos y adversarios. El Estado en red intenta comenzar desde otra condición: formar primero una comunidad alrededor de valores compartidos.
Esto transforma el sentido del pluralismo. En una comunidad territorial, la diversidad de posiciones es un dato que el orden político debe organizar. En el modelo de Srinivasan, parte de esa diversidad puede procesarse antes de la institución mediante una selección: personas afines se unen a un proyecto y personas con valores diferentes pueden participar de otros.
La figura del fundador cumple aquí una función constituyente. No es exactamente el propietario soberano de Yarvin. Su autoridad inicial depende de atraer seguidores y conservarlos. Pero el modelo traslada a la política una asimetría típica de la startup: una persona o un núcleo pequeño formula la tesis inicial, define la cultura y orienta el crecimiento mientras la organización todavía es altamente maleable.
La comunidad es voluntaria, y esa voluntariedad se convierte en una fuente central de legitimidad. Srinivasan define el crecimiento como un “plebiscito continuo”: quienes permanecen expresan confianza y quienes solicitan ingresar también. La métrica de adhesión sustituye parcialmente al voto periódico. Una comunidad exitosa es aquella que atrae personas alineadas y evita perderlas.
Este plebiscito continuo es distinto de la soberanía popular clásica. No pregunta de manera recurrente a una ciudadanía estable qué reglas deben cambiarse. Mide la decisión de pertenecer. La legitimidad se aproxima así a una combinación de adhesión, movilidad y crecimiento.
12.3. Criptografía, contratos y medición de la soberanía
La tecnología no es secundaria en este modelo. Las criptomonedas permiten construir una economía propia; las blockchains, registrar transacciones y pertenencias; un pasaporte criptográfico puede regular acceso a espacios; el censo en cadena vuelve auditables ciertas magnitudes; un contrato social inteligente (social smart contract) pretende limitar consensualmente al gobierno.
Esta confianza expresa una intuición característica de la cultura Web3: algunas funciones que antes requerían instituciones pueden codificarse en protocolos. La regla jurídica deja de depender exclusivamente de un funcionario o tribunal y puede quedar parcialmente incorporada al software. La promesa es reducir la arbitrariedad mediante la verificabilidad.
Sin embargo, codificar una regla no elimina la política que la precede. Alguien define qué variables registra el censo, qué condiciones contiene el contrato, qué claves habilitan una acción y qué hechos del mundo cuentan como cumplimiento. La automatización puede desplazar decisiones hacia el momento de diseño sin hacerlas desaparecer.
12.4. Estado, red y soberanía
The Network State organiza gran parte de la historia política mediante la relación entre tres fuerzas: Dios, Estado y red. Las religiones, los Estados y las redes constituyen formas diferentes de coordinar personas y producir lealtades. La era digital habría elevado la capacidad de las redes hasta volverlas competidoras parciales de funciones antes monopolizadas por Estados.
Correo electrónico frente al servicio postal, mapas digitales frente a cartografías estatales, mensajería frente a telecomunicaciones reguladas, criptomonedas frente a dinero soberano: Srinivasan lee estos desplazamientos como transferencias parciales de capacidad desde instituciones territoriales hacia redes. El Estado conserva coerción y reconocimiento internacional; la red adquiere velocidad, alcance global y capacidad de coordinar actores dispersos.
Su solución intenta combinar ambas formas. Una red sin territorio puede organizar una comunidad pero carece de soberanía física. Un Estado territorial posee autoridad pero reúne poblaciones profundamente desalineadas y arrastra instituciones históricas difíciles de modificar. El Estado en red busca construir primero cohesión digital y convertirla después en presencia territorial reconocida.
12.5. La economía política de la salida
Los estudios de Joel Garrod y Olivier Jutel permiten situar el Estado en red dentro de una estructura económica más amplia. Garrod relaciona estos proyectos con transformaciones mediante las cuales capital y activos adquirieron desde fines del siglo XX una movilidad transnacional creciente. La idea de que la riqueza digital puede situarse fuera del alcance fiscal de un Estado no nace solamente de una teoría política; prolonga procesos materiales de internacionalización financiera, zonas económicas especiales y jurisdicciones competitivas.
Jutel enfatiza la doble condición del exit. En el venture capital, la salida es el momento en que el inversor realiza el valor de una participación. En la ideología política, significa abandonar una jurisdicción para construir o elegir otra. El Estado en red reúne ambos sentidos porque necesita capital capaz de financiar nuevos territorios, empresas, infraestructuras y comunidades.
Su noción de “founder-philosopher” resulta especialmente útil. Srinivasan no sólo invierte en proyectos: formula una teoría de la civilización que indica qué debería construirse. Cuando actores con capacidad financiera producen simultáneamente diagnósticos sobre educación, longevidad, ciudades o soberanía, la frontera entre inversión y filosofía política se vuelve más porosa.
Desde esta perspectiva, el Estado en red es algo más que una utopía digital. Condensa una transformación de la ciudadanía hacia la afiliación, de la soberanía hacia la construcción empresarial, del territorio continuo hacia el archipiélago y de la legitimidad electoral hacia la adhesión medible. Su novedad consiste en imaginar que un Estado puede fabricarse siguiendo una secuencia tomada del mundo startup.
13. Marc Andreessen: aceleracionismo, mercado y poder tecnocapitalista
Explorar los principales momentos
Marc Andreessen representa otra línea dentro de los proyectos sociopolíticos del mundo tecnológico. No propone un Estado-empresa ni un Estado en red. Su apuesta principal está en la combinación de innovación, mercado y capital de riesgo como motor de expansión material. La política importa porque puede bloquear o habilitar ese proceso, pero también porque el desarrollo tecnológico se vincula con el poder económico y militar. Entre 2011 y 2024, su discurso pasa de describir la expansión del software a formular una filosofía tecnocapitalista y un programa político de supremacía tecnológica estadounidense.
13.1. “Why Software Is Eating the World” (2011): la digitalización de la economía
En “Why Software Is Eating the World” (2011), Andreessen sostuvo que las empresas de software estaban preparadas para ocupar sectores enteros de la economía. El argumento era que actividades tan distintas como medios, comercio, finanzas, transporte, agricultura o defensa pasarían a organizarse crecientemente mediante software y servicios en red.
El software posee una propiedad estratégica: puede distribuirse globalmente sobre infraestructuras digitales existentes, reducir costos de entrada y reorganizar procesos que antes dependían de estructuras industriales tradicionales. Por eso, empresas jóvenes pueden ingresar en sectores establecidos y modificar su funcionamiento. La disrupción no consiste solamente en vender productos digitales, sino en convertir actividades económicas en procesos crecientemente programables.
Esta tesis contiene ya una implicación política. Si industrias enteras pasan a depender del software, quienes lo desarrollan dejan de ser proveedores periféricos y adquieren capacidad para reorganizar sectores completos. La expansión tecnológica modifica así las posiciones de poder económico, mientras abre oportunidades para las startups y los inversores capaces de financiar su crecimiento.
13.2. “It’s Time to Build” (2020): del software a la capacidad material
La pandemia de 2020 llevó a Andreessen a ampliar su diagnóstico. En “It’s Time to Build” sostiene que el problema de Estados Unidos y, en términos más amplios, de Occidente no era simplemente la falta de conocimiento científico, de dinero o de necesidades identificables. Era una incapacidad institucional para "construir" (build). La escasez del equipamiento sanitario funcionó como el síntoma de un problema más general.
Andreessen extiende la acusación a la vivienda, la educación, el transporte, la energía y la industria. En numerosos ámbitos, sostiene, existe una demanda evidente pero no se desarrolla suficiente capacidad para satisfacerla. La inercia institucional, la captura regulatoria y la pérdida de voluntad para emprender grandes proyectos impiden convertir conocimientos y recursos en infraestructura real.
El verbo construir (build) adquiere entonces un significado político. Significa producir capacidad material: fábricas, hospitales, viviendas, universidades, sistemas públicos y nuevas tecnologías. Una sociedad debería juzgarse no solamente por sus intenciones o programas, sino también por aquello que consigue realizar.
Este texto modifica la imagen de un Silicon Valley dedicado exclusivamente al software. Andreessen reclama una expansión tecnológica hacia el mundo físico y responsabiliza tanto al sector público como al privado por la pérdida de capacidad constructiva. Desafía a las instituciones públicas a demostrar que pueden construir mejores servicios e infraestructuras. En este momento todavía propone recuperar una ambición constructiva que trascienda las divisiones partidarias.
13.3. “Why AI Will Save the World” (2023): inteligencia, regulación y poder
En “Why AI Will Save the World” (2023), Andreessen aplica esa filosofía de expansión a la inteligencia artificial. Su argumento comienza con una premisa fuerte: la inteligencia mejora los resultados en una enorme variedad de actividades. Ciencia, medicina, educación, gestión, creatividad y resolución de problemas dependen de capacidades cognitivas. Si la IA permite aumentar la inteligencia disponible para cada persona y organización, entonces puede mejorar sistemáticamente esas actividades.
La IA funciona así como inteligencia aumentada (augmented intelligence). Un profesor puede adaptar explicaciones; un médico, analizar más información clínica; un científico, explorar hipótesis; un programador, producir y revisar código. El objetivo no es necesariamente sustituir al ser humano, sino multiplicar sus capacidades.
Andreessen discute con los discursos que presentan la IA como una amenaza existencial, una causa de desempleo masivo o una fuente inevitable de mayor desigualdad. Considera que los escenarios de exterminio por una IA autónoma se apoyan en una antropomorfización injustificada y que los mercados competitivos pueden extender los beneficios de la innovación. Reconoce, en cambio, los riesgos derivados de su utilización por delincuentes, terroristas o gobiernos hostiles.
Su posición tiene también una dimensión política vinculada con la regulación. Andreessen considera que las exigencias de seguridad y alineación de la IA (AI alignment) pueden convertirse en mecanismos de control ideológico sobre aquello que los sistemas tecnológicos tienen permitido producir. Advierte que la IA podría constituirse en una capa de control (control layer) de innumerables actividades sociales, por lo que la disputa sobre sus reglas de funcionamiento adquiriría una importancia política fundamental. Defiende, en consecuencia, la competencia entre grandes empresas, startups y desarrollos de código abierto, y cuestiona las regulaciones que puedan proteger a determinados actores frente a nuevos competidores.
Su respuesta a los riesgos consiste principalmente en desarrollar más tecnología, fortalecer sistemas defensivos y aplicar las leyes existentes contra los usos dañinos. En el plano geopolítico, llega a defender una posición de dominio estadounidense y occidental frente a China. La apertura tecnológica y la competencia de mercado conviven, por tanto, con una concepción estratégica y nacional de la innovación.
13.4. The Techno-Optimist Manifesto (2023): tecnología, mercado y abundancia
El Techno-Optimist Manifesto de 2023 constituye la formulación más completa de la filosofía de Andreessen. Su tono deliberadamente manifiesto organiza una concepción del progreso alrededor de varias nociones: crecimiento, tecnología, mercado, inteligencia, energía y abundancia.
El primer principio es que una sociedad debe crecer. El estancamiento conduce, en su esquema, a conflictos de suma cero: si el conjunto de recursos no aumenta, los grupos solamente pueden mejorar sus posiciones a expensas de otros. La tecnología constituye la fuente potencialmente indefinida de crecimiento porque permite producir más con menos.
La segunda pieza es el mercado. Andreessen lo describe como una máquina de descubrimiento, un sistema adaptativo capaz de procesar conocimiento disperso. La referencia a Friedrich Hayek es explícita: ninguna autoridad central puede reunir toda la información localizada que manejan compradores, vendedores, ingenieros y emprendedores. El mercado no es solamente un mecanismo de intercambio, sino un principio de coordinación social que transforma iniciativas individuales en resultados colectivos.
La combinación de tecnología y mercado produce lo que, siguiendo a Nick Land, llama máquina tecnocapitalista (techno-capital machine). Las innovaciones reducen costos, liberan recursos y generan nuevas demandas; los empresarios responden mediante nuevos productos; el capital financia las iniciativas; las ideas exitosas alimentan otras innovaciones. Andreessen interpreta este circuito como una espiral ascendente de creación material. El capital de riesgo ocupa allí un lugar estratégico, al financiar empresas emergentes que buscan transformar industrias y abrir nuevos mercados.
El manifiesto adopta también el lenguaje del aceleracionismo (accelerationism). El desarrollo tecnológico debe impulsarse conscientemente para sostener una dinámica de rendimientos crecientes. Sin embargo, Andreessen presenta esa aceleración como una empresa al servicio de la humanidad: las máquinas trabajan para nosotros y la máquina tecnocapitalista no sería antihumana. Su finalidad declarada es ampliar el bienestar y las posibilidades de la vida humana.
La inteligencia ocupa el lugar de motor general del progreso. Andreessen considera que debe expandirse mediante la educación, la incorporación de talento y la simbiosis con las máquinas. La IA aparece como una tecnología de propósito general, capaz de ampliar la resolución de problemas científicos, económicos y sociales.
La energía completa este esquema: sin abundancia energética no puede haber abundancia material. De allí su defensa de una expansión masiva de la producción, especialmente mediante energía nuclear y, a futuro, la fusión. La cuestión ambiental es reinterpretada desde un productivismo tecnológico: el deterioro ecológico debería resolverse principalmente mediante tecnologías más avanzadas, no reduciendo el crecimiento o el consumo energético.
Su concepción del ser humano es notablemente distinta de la del posthumanismo crítico. Andreessen celebra la inteligencia, la agencia individual, la competencia, el mérito, la exploración y el dominio técnico. Afirma que no somos víctimas de la tecnología, sino sus amos, y reivindica incluso la posibilidad de superar la naturaleza. Su orientación es declaradamente favorable al ser humano, pero responde a una concepción antropocéntrica y productivista del progreso. El ideal humano es el individuo capaz de crear, arriesgar, conquistar nuevas fronteras y ampliar continuamente sus capacidades.
Esta dimensión se expresa también en su valoración del trabajo. Andreessen considera que la actividad productiva constituye una fuente de realización personal y rechaza la renta básica universal porque entiende que podría convertir a los individuos en dependientes del Estado. El bienestar no se reduce al acceso a bienes materiales: también supone iniciativa, productividad y participación en la creación de riqueza.
El manifiesto se distancia de una utopía planificada. Andreessen sostiene que debe partirse de las personas tal como son y confiar en la experimentación. El futuro no debería diseñarse desde una autoridad central, sino descubrirse mediante múltiples iniciativas sometidas a la competencia y la selección de mercado. Aquí aparece una diferencia con Peter Thiel: aunque ambos valoran al fundador y a la innovación, Andreessen reivindica la competencia como un mecanismo evolutivo, mientras Thiel destaca las ventajas de escapar de ella y construir posiciones empresariales difíciles de disputar.
El texto incluye, finalmente, una extensa lista de enemigos, entendidos principalmente como ideas: estancamiento, burocracia, planificación central, socialismo, decrecimiento y principio de precaución. Pero también cuestiona determinadas formas de sostenibilidad, responsabilidad social, ética tecnológica (tech ethics), gestión de riesgos y capitalismo de las partes interesadas (stakeholder capitalism). Su crítica alcanza así no solamente a las alternativas anticapitalistas, sino también a propuestas que buscan regular o reformar el propio capitalismo tecnológico.
Aunque Andreessen declara que el tecno-optimismo es una filosofía material y no política, sus principios contienen una concepción definida del orden social: los mercados como mecanismos privilegiados de coordinación, la innovación privada como motor del bienestar y una profunda desconfianza hacia las autoridades que pretenden dirigir o restringir el desarrollo tecnológico.
13.5. The Little Tech Agenda (2024): de la filosofía material al programa político
En The Little Tech Agenda, escrito con Ben Horowitz en 2024, Andreessen convierte ese optimismo tecnológico en un programa explícitamente político. Little Tech designa a las startups frente a las grandes empresas tecnológicas consolidadas. La tesis es que las malas políticas gubernamentales se han convertido en la principal amenaza para ese ecosistema.
La startup representa nuevamente la hoja en blanco: un pequeño grupo puede imaginar una solución diferente sin cargar con los compromisos de una organización madura. Pero compite con empresas establecidas que poseen capital, clientes y capacidad para influir sobre las regulaciones. Andreessen y Horowitz consideran que estas empresas pueden utilizar al Estado para consolidar sus posiciones y bloquear nuevos competidores.
El programa abandona cualquier pretensión de que Silicon Valley pueda permanecer ajeno a la política. Los autores declaran que apoyarán a los políticos favorables a Little Tech y se opondrán a quienes obstaculicen sus intereses, independientemente de sus posiciones partidarias. Sus preocupaciones incluyen las restricciones regulatorias, las adquisiciones empresariales, el acceso al financiamiento y las políticas impositivas que consideran perjudiciales para las startups y sus inversores. El capital de riesgo se presenta, de este modo, como un actor político organizado.
La argumentación adquiere también un carácter nacional. Tecnología, economía y poder militar constituyen, según los autores, las tres dimensiones del liderazgo estadounidense y se refuerzan mutuamente. La innovación impulsa la productividad y la capacidad militar; la riqueza financia la investigación y la defensa; el poder militar protege las condiciones internacionales dentro de las cuales la economía tecnológica puede expandirse.
La agenda propone reformas en salud, educación, vivienda, manufactura, energía, inmigración y defensa. Reclama automatización industrial, inteligencia artificial, energía nuclear y una intervención gubernamental capaz de favorecer a las empresas estadounidenses frente a China y a las regulaciones consideradas excesivas de la Unión Europea. El Estado aparece como un actor necesario para sostener la investigación, la capacidad industrial, la competencia y la supremacía tecnológica nacional.
El resultado expresa una transformación respecto del ciberlibertarianismo de los años noventa. El objetivo ya no consiste solamente en impedir que el Estado interfiera con Internet. El sector tecnológico reclama que el Estado construya condiciones favorables para su expansión y contribuya activamente a la competencia geopolítica.
La concepción sociopolítica de Andreessen puede reconstruirse, así, como un orden impulsado por la expansión tecnocapitalista: empresas y emprendedores desarrollan tecnologías, el capital de riesgo selecciona y financia iniciativas, el mercado coordina y evalúa resultados, y el Estado favorece las condiciones económicas, industriales y geopolíticas de ese proceso. A diferencia de otros tecnomagnates, Andreessen no propone una nueva arquitectura institucional del gobierno. Su programa consiste principalmente en reorganizar las prioridades económicas y políticas alrededor de la innovación, el crecimiento y la supremacía tecnológica.
Bibliografía
La bibliografía distingue las fuentes primarias utilizadas para reconstruir las posiciones de los autores de los estudios históricos y secundarios empleados para situarlas en contexto. Se incluyen enlaces cuando se verificó una versión o una página accesible en Internet.
Fuentes primarias
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Andreessen, Marc. “It’s Time to Build” [Es hora de construir]. 2020. [enlace]
Andreessen, Marc. “Why AI Will Save the World” [Por qué la inteligencia artificial salvará al mundo]. 2023. [enlace]
Andreessen, Marc. “The Techno-Optimist Manifesto” [El manifiesto tecno-optimista]. 2023. [enlace]
Andreessen, Marc, y Ben Horowitz. “The Little Tech Agenda” [La agenda de la pequeña tecnología]. 2024. [enlace]
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Srinivasan, Balaji. The Network State. 2022, obra digital en actualización. [enlace]
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Thiel, Peter. “The Education of a Libertarian” [La educación de un libertario]. 2009. [enlace]
Thiel, Peter, y Blake Masters. Zero to One: Notes on Startups, or How to Build the Future. 2014. [enlace]
Thiel, Peter. “Against Edenism” [Contra el edenismo]. 2015. [enlace]
Thiel, Peter. “Apocalypse Now? Peter Thiel on Ancient Prophecies and Modern Tech”. Entrevista con Peter Robinson, Hoover Institution; grabada el 8 de octubre de 2024. [enlace]
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Yarvin, Curtis (Mencius Moldbug). Patchwork: A Political System for the 21st Century. 2008.
Yarvin, Curtis. “The Butterfly Revolution” [La revolución mariposa]. 2022. [enlace]
Yarvin, Curtis. “A Conversation About Monarchy” [Una conversación sobre la monarquía]. 2024. [enlace]
Yarvin, Curtis. “The Situation and the Solution” [La situación y la solución]. 2025. [enlace]
Estudios históricos y secundarios
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Jutel, Olivier. “The Network State, Exit, and the Political Economy of Venture Capital”. Publicado en línea en 2025; Antipode, vol. 58, n.º 1, 2026. [enlace]